La violencia ha sido una preocupación permanente de la sociedad salvadoreña. Hasta el final de la guerra, se daba por supuesto que se trataba de un problema esencialmente político. Sin embargo, los hechos de criminalidad y violencia de la posguerra introdujeron una preocupación mayor frente al fenómeno. Las más de las veces ha tendido a ser examinada como una conducta disfuncional tendiente a ser individualizada, pasando por alto factores culturales y estructurales. En uno de los extremos del análisis se ha hecho responsable a la pobreza, a espíritus malignos y a culturas deficitarias. Lo más curioso es que ha sido criminalizada, no en el sentido que la violencia tenga una relación con la transgresión de la ley y el daño, sino en el sentido que los violentos son los criminales, invisibilizando otras formas de violencia que contribuyen efectivamente al clima de zozobra social, pero también al auge del crimen.
Si los responsables de la violencia son aquellos que denominamos criminales, los demás podemos estar tranquilos y exentos de responsabilidad. Y por tanto, debería centrarnos en el tratamiento de los criminales puesto que confirma que se trata de conductas desviadas que exigen un tratamiento especializado. Las distintas teorías de la violencia en boga, tratan en última instancia de la violencia criminal: de cómo se comete un homicidio, del uso de las armas, de la proliferación del delito común. Y aunque pueden explicar el crimen por la violencia, no terminan de explicar el por qué de la violencia y explicar entonces el por qué del crimen. Bastará con encerrar a los “malhechores y malacates” a fin de mitigar la violencia. Pero no es esto lo que ha sucedido. Por tanto, bien puede pensarse que probablemente nuestras hipótesis no están siendo efectivas, en la medida que los remedios no están dando los resultados esperados.
A pesar de las campañas y fomento de valores, puesto que la violencia sería un problema de falta de valores; o de la proliferación de programas de deporte, diurno o nocturno, para mantener ocupados a la juventud, puesto que la violencia sería una cuestión del excesivo tiempo de ocio del que disponen; o de las recetas de tipo castrense para fomentar la disciplina y el orden, puesto que la violencia es un problema de modelos demasiados permisivos, a pesar de estos programas, seguimos siendo una sociedad violenta.
Por situar un límite temporal al análisis, partimos del final de la guerra. El año de 1992 supuso el fin de un tipo de violencia especial: la violencia armada de tintes políticos que había llegado a ser predominante. Este límite temporal es importante porque la expectativa de la paz que las personas se construyeron, contrastó con la presencia de otras formas de violencia. Una de las expresiones más notables correspondió a la criminalidad, específicamente al homicidio. De la preocupación por la violencia de la guerra, gravitamos a la preocupación por la denominada violencia social. Uno de aquellos primeros programas de la posguerra, impulsado por el PNUD, fue el el llamado “Sociedad sin violencia”. Ahí se hicieron sonar las primeras alarmas, si bien desde la perspectiva de una sociedad de la posguerra.
Desde entonces se han venido impulsando diversos programas y proyectos, gubernamentales y no-gubernamentales. Más de 15 años inviertiendo en prevención y mitigación de la violencia. Y sin embargo, para inicios del 2009, la tasa de homicidios, un indicador posible de la violencia, se disparó. La violencia sigue siendo un asunto esencial en la preocupación de los y las salvadoreños.
Para 2010 mientras se disparaba nuevamente la tasa de homicidios, comenzaban a ensayarse modelos preventivos con un poco de mayor visión. Y sin embargo, estamos volviendo a métodos y modelos limitados, fracasos e ineficaces: la vuelta de la mano dura, más deporte y ahora, lectura de la biblia para promover valores.
A la raíz de todo esto se encuentra primero, un resistencia por entender bien la violencia y sus causas, una cuestión clave para saber y poder prevenirla; segundo, la confusión entre el delito y la violencia y la consecuente criminalización indiscriminada y, tercero, la ausencia de una visión integral de lo que queremos como país y de nuestros problemas, una cuestión clave para asumir responsablemente los problemas. Comenzando por asumir que la violencia no es un mero problema de los delincuentes, sino un problema en el que todos contribuimos: nuestra cultura es violenta, somos personas proclives a la violencia.
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