Es crónica la alarma generada en los centros escolares de la zona de Lourdes – Colón. Por supuesto, no són los únicos, según declaraciones del ministro de educación y otros personajes. Son diversas las historias de centros escolares técnicamente renteados. Incluso escuche un relato (uno no verificado, aunque no encuentro razones para invalidarlo) en que se realizón un entendimiento y una negociación entre renteadores (supuestamente “mareros”). Mientras la mara se abstendría de molestar a los estudiantes, de exigir renta y al mismo tiempo se comprometía con la seguridad de los alrededores, el centro escolar por medio de sus autoridades locales se comprometía a conceder “becas” (o al menos garantizar el acceso educativo) a los familiares (hijos, sobrinos) de los pandilleros (¿o eran mareros?). Incluso se comprometió el centro escolar a proveer agua a la comunidad donde residen los pandilleros (¡Ojo con esto!)
La historia fue relatada en el contexto de la capacidad de negociación que puede desarrollarse para alcanzar acuerdos creativos en medio de conflictos graves y conatos de violencia. Nos da para pensar obviamente otra serie de cosas. Primero, por supuesto, la creatividad para abordar las cosas más allá del miedo. Quizá no podamos decir plenamente que han generado una convivencia pacífica, pero en términos generales se ha construido un espacio seguro, libre de renta, con acceso a la educación y al agua potable... Todo ello a partir de un suceso concreto: rentear o no rentear.
En segundo lugar, se desprende una clásica pregunta: ¿quiénes son estos que llamamos mareros o pandilleros? Suelen aparecer como un tipo de grupo que dispone de un poder sin límites, con capacidad de subyugar poblaciones enteras (en diversas ocasiones presentadas periodísticamente como extensos territorios en el municipio de Colón) incluso a la policía (como suele decir la gente de ciertos lugares: “ahí ni la policía puede entrar” como es el caso por ejempo de Tzu-Chi). Famosos también los “toque de queda” en diversos lugares desde el centro de San Salvador hasta cualquier colonia por ahí (sea el nombre o realidad que se invente o indique) supuestamente decretado por estos grupos o por otros que intentan defenderse de ellos o de otros grupos delictivos (como en algunas colonias de San Marcos Santo Tomás y Santiago Texacuangos a lo largo de la carretera Comalapa)
En realidad no sé quiénes son estos grupos, pero no pueden ser todos mareros o pandilleros. El término ha llegado a usarse, por un lado, para señalar “grupos hechores” de todo lo malo y desgraciado que pueda existir. Con esto construimos y aceptamos un chivo expiatorio o bien mostramos nuestra ignorancia como producto de nuestras limitaciones en la investigación de los hechos. Pero al mismo tiempo, con el término “marero” englobamos un conjunto muy diverso de gente: desde grupos delictivos del narcomenudeo hasta el grupito de muchachos que salen a joder a la esquina por la noche. Está la marita de tal escuela, la marita de tal colonia, la mara que va al estadio (que suele ser violenta), la mara de tal ministerio y la de tal universidad. Todos somos mara. Unos más violentos que otros. Pero hemos logrado creer que los más violentos son esos MS y 18 y que, nosotros, no tanto. En lo que respecta la problema de la violencia y la delincuencia, hay aquí mucho que entender para proceder efectivamente.
En tercer lugar, si este caso pudo resolverse satisfactoriamente con el acceso a la educación y al agua potable (entre otras cosas), ¿no será eso precisamente lo que hay que garantizar para que no haya acoso, cobro de rentas o inseguridad alrededor de los centros escolares?. ¿Hasta que punto un centro escolar en un caserío determinado puede simbolizar exclusión, privilegio, etc. de tal manera que necesita ser asediado, pero que puede ser resuelto cuando se concede el acceso libre e igualitario al centro de saber? ¿Las escuelas tienen muros para proteger a los de dentro de los peligros externos o para evitar que los de dentro se escapen o tengan contacto con el exterior y entiendan qué está pasando? Puede parecer absurdo, pero Michel Foucault gastó varios años pensando las similitudes arquitectónicas entre la cárcel, el cuartel, el hospital y la escuela.
En cuarto lugar, ¿por qué algunos centros educativos pueden disponer de seguridad (pagada por el estado) y otros no? Por supuesto, no alcanzaría para poner un policía en cada portón de las escuelas. Es probable que patrullajes disuasivos recurrentes ayuden. Pero ¿por qué un colegio como el Guadalupano en San Salvador, por citar un ejemplo, sí puede tener dos policías PPI a tiempo completo y un centro escolar en un caserío de Lourdes no?
Todo esto a propósito de una escuela en el municipio de Colón que salió adelante creativamente. Esto es importante: articular creativamente opciones. Pero también articular consecutivamente una diversidad de preguntas en el mejor espíritu filosófico original. Cuando ya creemos tener las respuestas, dejamos de buscar. Creemos saber lo que es la violencia, lo que son las maras y de esa manera nos condicionamos la respuesta. Las respuesas ejecutadas en los últimos diez años (y más) muestran que hemos desarrollado planes para enfrentar la violencia y la delincuencia que muestran que son erróneos. Probablemente la idea que tenemos sobre la violencia y la delincuencia son erróneas. Si es así, simplemente diagnosticamos equivocadamente, con fatales consecuencias para el enfermo.