domingo, 11 de julio de 2010

Seguridad pública y centros educativos: la Escuelita de Lourdes

 Es crónica la alarma generada en los centros escolares de la zona de Lourdes – Colón. Por supuesto, no són los únicos, según declaraciones del ministro de educación y otros personajes. Son diversas las historias de centros escolares técnicamente renteados. Incluso escuche un relato (uno no verificado, aunque no encuentro razones para invalidarlo) en que se realizón un entendimiento y una negociación entre renteadores (supuestamente “mareros”). Mientras la mara se abstendría de molestar a los estudiantes, de exigir renta y al mismo tiempo se comprometía con la seguridad de los alrededores, el centro escolar por medio de sus autoridades locales se comprometía a conceder “becas” (o al menos garantizar el acceso educativo) a los familiares (hijos, sobrinos) de los pandilleros (¿o eran mareros?). Incluso se comprometió el centro escolar a proveer agua a la comunidad donde residen los pandilleros (¡Ojo con esto!)
La historia fue relatada en el contexto de la capacidad de negociación que puede desarrollarse para alcanzar acuerdos creativos en medio de conflictos graves y conatos de violencia. Nos da para pensar obviamente otra serie de cosas. Primero, por supuesto, la creatividad para abordar las cosas más allá del miedo. Quizá no podamos decir plenamente que han generado una convivencia pacífica, pero en términos generales se ha construido un espacio seguro, libre de renta, con acceso a la educación y al agua potable... Todo ello a partir de un suceso concreto: rentear o no rentear.
En segundo lugar, se desprende una clásica pregunta: ¿quiénes son estos que llamamos mareros o pandilleros? Suelen aparecer como un tipo de grupo que dispone de un poder sin límites, con capacidad de subyugar poblaciones enteras (en diversas ocasiones presentadas periodísticamente como extensos territorios en el municipio de Colón) incluso a la policía (como suele decir la gente de ciertos lugares: “ahí ni la policía puede entrar” como es el caso por ejempo de Tzu-Chi). Famosos también los “toque de queda” en diversos lugares desde el centro de San Salvador hasta cualquier colonia por ahí (sea el nombre o realidad que se invente o indique) supuestamente decretado por estos grupos o por otros que intentan defenderse de ellos o de otros grupos delictivos (como en algunas colonias de San Marcos Santo Tomás y Santiago Texacuangos a lo largo de la carretera Comalapa)
En realidad no sé quiénes son estos grupos, pero no pueden ser todos mareros o pandilleros. El término ha llegado a usarse, por un lado, para señalar “grupos hechores” de todo lo malo y desgraciado que pueda existir. Con esto construimos y aceptamos un chivo expiatorio o bien mostramos nuestra ignorancia como producto de nuestras limitaciones en la investigación de los hechos. Pero al mismo tiempo, con el término “marero” englobamos un conjunto muy diverso de gente: desde grupos delictivos del narcomenudeo hasta el grupito de muchachos que salen a joder a la esquina por la noche. Está la marita de tal escuela, la marita de tal colonia, la mara que va al estadio (que suele ser violenta), la mara de tal ministerio y la de tal universidad. Todos somos mara. Unos más violentos que otros. Pero hemos logrado creer que los más violentos son esos MS y 18 y que, nosotros, no tanto. En lo que respecta la problema de la violencia y la delincuencia, hay aquí mucho que entender para proceder efectivamente.
En tercer lugar, si este caso pudo resolverse satisfactoriamente con el acceso a la educación y al agua potable (entre otras cosas), ¿no será eso precisamente lo que hay que garantizar para que no haya acoso, cobro de rentas o inseguridad alrededor de los centros escolares?. ¿Hasta que punto un centro escolar en un caserío determinado puede simbolizar exclusión, privilegio, etc. de tal manera que necesita ser asediado, pero que puede ser resuelto cuando se concede el acceso libre e igualitario al centro de saber? ¿Las escuelas tienen muros para proteger a los de dentro de los peligros externos o para evitar que los de dentro se escapen o tengan contacto con el exterior y entiendan qué está pasando? Puede parecer absurdo, pero Michel Foucault gastó varios años pensando las similitudes arquitectónicas entre la cárcel, el cuartel, el hospital y la escuela.
En cuarto lugar, ¿por qué algunos centros educativos pueden disponer de seguridad (pagada por el estado) y otros no? Por supuesto, no alcanzaría para poner un policía en cada portón de las escuelas. Es probable que patrullajes disuasivos recurrentes ayuden. Pero ¿por qué un colegio como el Guadalupano en San Salvador, por citar un ejemplo, sí puede tener dos policías PPI a tiempo completo y un centro escolar en un caserío de Lourdes no?
Todo esto a propósito de una escuela en el municipio de Colón que salió adelante creativamente. Esto es importante: articular creativamente opciones. Pero también articular consecutivamente una diversidad de preguntas en el mejor espíritu filosófico original. Cuando ya creemos tener las respuestas, dejamos de buscar. Creemos saber lo que es la violencia, lo que son las maras y de esa manera nos condicionamos la respuesta. Las respuesas ejecutadas en los últimos diez años (y más) muestran que hemos desarrollado planes para enfrentar la violencia y la delincuencia que muestran que son erróneos. Probablemente la idea que tenemos sobre la violencia y la delincuencia son erróneas. Si es así, simplemente diagnosticamos equivocadamente, con fatales consecuencias para el enfermo.

miércoles, 7 de julio de 2010

La cuestión de la violencia

 La violencia ha sido una preocupación permanente de la sociedad salvadoreña. Hasta el final de la guerra, se daba por supuesto que se trataba de un problema esencialmente político. Sin embargo, los hechos de criminalidad y violencia de la posguerra introdujeron una preocupación mayor frente al fenómeno. Las más de las veces ha tendido a ser examinada como una conducta disfuncional tendiente a ser individualizada, pasando por alto factores culturales y estructurales. En uno de los extremos del análisis se ha hecho responsable a la pobreza, a espíritus malignos y a culturas deficitarias. Lo más curioso es que ha sido criminalizada, no en el sentido que la violencia tenga una relación con la transgresión de la ley y el daño, sino en el sentido que los violentos son los criminales, invisibilizando otras formas de violencia que contribuyen efectivamente al clima de zozobra social, pero también al auge del crimen.
Si los responsables de la violencia son aquellos que denominamos criminales, los demás podemos estar tranquilos y exentos de responsabilidad. Y por tanto, debería centrarnos en el tratamiento de los criminales puesto que confirma que se trata de conductas desviadas que exigen un tratamiento especializado. Las distintas teorías de la violencia en boga, tratan en última instancia de la violencia criminal: de cómo se comete un homicidio, del uso de las armas, de la proliferación del delito común. Y aunque pueden explicar el crimen por la violencia, no terminan de explicar el por qué de la violencia y explicar entonces el por qué del crimen. Bastará con encerrar a los “malhechores y malacates” a fin de mitigar la violencia. Pero no es esto lo que ha sucedido. Por tanto, bien puede pensarse que probablemente nuestras hipótesis no están siendo efectivas, en la medida que los remedios no están dando los resultados esperados.
A pesar de las campañas y fomento de valores, puesto que la violencia sería un problema de falta de valores; o de la proliferación de programas de deporte, diurno o nocturno, para mantener ocupados a la juventud, puesto que la violencia sería una cuestión del excesivo tiempo de ocio del que disponen; o de las recetas de tipo castrense para fomentar la disciplina y el orden, puesto que la violencia es un problema de modelos demasiados permisivos, a pesar de estos programas, seguimos siendo una sociedad violenta.
Por situar un límite temporal al análisis, partimos del final de la guerra. El año de 1992 supuso el fin de un tipo de violencia especial: la violencia armada de tintes políticos que había llegado a ser predominante. Este límite temporal es importante porque la expectativa de la paz que las personas se construyeron, contrastó con la presencia de otras formas de violencia. Una de las expresiones más notables correspondió a la criminalidad, específicamente al homicidio. De la preocupación por la violencia de la guerra, gravitamos a la preocupación por la denominada violencia social. Uno de aquellos primeros programas de la posguerra, impulsado por el PNUD, fue el el llamado “Sociedad sin violencia”. Ahí se hicieron sonar las primeras alarmas, si bien desde la perspectiva de una sociedad de la posguerra.
Desde entonces se han venido impulsando diversos programas y proyectos, gubernamentales y no-gubernamentales. Más de 15 años inviertiendo en prevención y mitigación de la violencia. Y sin embargo, para inicios del 2009, la tasa de homicidios, un indicador posible de la violencia, se disparó. La violencia sigue siendo un asunto esencial en la preocupación de los y las salvadoreños.
Para 2010 mientras se disparaba nuevamente la tasa de homicidios, comenzaban a ensayarse modelos preventivos con un poco de mayor visión. Y sin embargo, estamos volviendo a métodos y modelos limitados, fracasos e ineficaces: la vuelta de la mano dura, más deporte y ahora, lectura de la biblia para promover valores.
A la raíz de todo esto se encuentra primero, un resistencia por entender bien la violencia y sus causas, una cuestión clave para saber y poder prevenirla; segundo, la confusión entre el delito y la violencia y la consecuente criminalización indiscriminada y, tercero, la ausencia de una visión integral de lo que queremos como país y de nuestros problemas, una cuestión clave para asumir responsablemente los problemas. Comenzando por asumir que la violencia no es un mero problema de los delincuentes, sino un problema en el que todos contribuimos: nuestra cultura es violenta, somos personas proclives a la violencia.  

sábado, 3 de julio de 2010

El criador de cerdos

El cerdo: animal despreciable y admirado. Tunco, cerdo, marrano, cuche... multitud de nombres. Desde algunos rincones chalatecos vienen a mi memoria el deleite en la preparación y consumo de la mantenca, del chicharrón, de la fritada. La guerra civil desprestigió por completo al animal y el consumo de su carne en todas sus formas porque mucha gente aseguraba haberlos visto comiéndose los cadáveres.
El cerdo es efectivamente un comelotodo. Un comemierda. Pero es, como decía Salazar-Simpson, “una máquina maravillosa: convierte la mierda que se come en el jamón más excelso”. Desde cierto punto de vista, este país es maravilloso, pero está lleno de mierda. Corrupción, políticos onerosos (de derecha, de izquierda, de arriba, de abajo), estupidez arrogante (es que hay una estupidez bondadosa que tropieza al buscar), violencias cotidianas.
Por eso en parte, para los cuches este podría ser un país maravilloso
Tanta mierda que comer
Tanta mierda para convertir, transformar, hacer nuevo...
Por eso el verso daltoniano: “El Salvador será un lindo, y sin exagerar, serio país”
Nietzsche pensaba en el león y el niño a la orilla del mar.
Yo quiero ser un criador de cerdos.
La violencia es una de esas mierdas. Habrá que ver cómo hacernos cargo de ella. ¡Pero bien!